Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Ahora se comprende por qué, como ya dije antes, mi primera pregunta al ingresar en el penal fue: «¿Cómo comportarse? ¿Qué actitud adoptar frente a esta gente?». Yo presentía que a menudo chocaría con ellos, como sucedía ahora en el trabajo. Pero, a pesar de tales choques, decidí no cambiar el plan de acción, que ya, en parte, tenía pensado en aquel tiempo; sabía que era justo. Y era éste: decidí que debía comportarme de la manera más sencilla e independiente posible; no mostrar un interés especial en acercarme a ellos, pero sin rechazarles si deseaban acercarse a mí. No tener miedo de sus amenazas ni de su odio y, en la medida de lo posible, hacer como si no los notara. No acercarme a ellos en determinados puntos y no transigir con algunos de sus usos y costumbres; en una palabra, no buscar por mi cuenta su camaradería. Desde la primera mirada adiviné que al principio me despreciarían por eso. Sin embargo, ellos pensaban (lo supe más tarde con seguridad) que yo debía acreditar y respetar ante ellos mi origen noble, es decir, dármelas de delicado, hacer remilgos, despreciarles, bufar a cada paso y escaquearme del trabajo. Esa era la noción que tenían de un noble. Naturalmente, me habrían criticado, pero en su fuero interno me habrían respetado. Ese papel no me iba bien; yo nunca había sido un noble, según su noción; pero, en cambio, me hice la promesa de no humillar con ninguna concesión ni mi cultura ni mi modo de pensar. Si, para complacerles, me hubiese rebajado, mostrado de acuerdo con ellos, permitido una familiaridad excesiva con ellos y hubiera difundido sus diversas «cualidades», para ganarme sus simpatías, ellos habrían imaginado que lo hacía por miedo y cobardía, y me habrían dado la espalda con desprecio. A…v no servía como ejemplo: les denunciaba ante el mayor y ellos le temían. Por otra parte, tampoco quería encerrarme ante ellos en una fría e inaccesible cortesía, como hacían los polacos. Vi entonces muy bien que me despreciaban porque yo quería trabajar, igual que ellos; no me las daba de delicado ni hacía remilgos delante de ellos; y, aunque estaba seguro de que tendrían que cambiar de opinión respecto a mí, no obstante, la idea de que entonces tenían derecho a despreciarme al pensar que yo trataba de congraciarme con ellos trabajando… esa idea me amargó terriblemente.


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