Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Hasta el último harapiento, que era el peor trabajador y que no se atrevÃa a abrir la boca delante de los demás presos, más diestros y sensatos que él, se consideraba con derecho a gritarme y a echarme de su lado, con el pretexto de que le molestaba. Por último, uno de los diestros me dijo abiertamente y con groserÃa:
—¿Adónde va usted? ¡Apártese de una vez por todas! ¿Por qué se mete donde no le llaman?
—Ha caÃdo en el talego —saltó otro al instante.
—Más te vale que cojas una escudilla y vayas a pedir limosna para una iglesia de piedra o a predicar contra el tabaco[39], que aquà no tienes nada que hacer.
TenÃa que mantenerme apartado, y estar apartado cuando todos trabajaban era algo que me remordÃa la conciencia. Pero cuando me aparté y me puse en la otra punta de la barcaza, enseguida gritaron:
—¡Vaya trabajadores que nos mandan! ¿Qué se puede hacer con ellos? No se puede hacer nada.
Todo esto lo hacÃan a propósito, porque les divertÃa. TenÃan que cargarse al antiguo noble, y estaban contentos por la ocasión que se les presentaba.