Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —No hay quien os haga trabajar ¡Qué gente, qué gente! —gruñó furioso, dejó caer los brazos y se dirigió al penal agitando la vara.
Una hora después llegó el jefe de obras. Tras escuchar con calma a los presos, declaró que les fijaba como tarea sacar otros cuatro travesaños, pero sin que se partiesen, enteros y, además, tenían que desmontar buena parte de la barcaza, hecho lo cual, podían volver a casa. La tarea era grande, pero, ¡Señor!, cómo se pusieron manos a la obra. ¿Qué fue de la pereza y de la indecisión? Resonaron las hachas, comenzaron a quitar las cuñas. Los demás pusieron como palancas gruesos palos y, aplicándoles veinte manos, sacaron limpia y magistralmente los travesaños, que, con gran asombro mío, salían ahora enteros y sin partirse. La faena cundía. Todos parecían muy listos ahora. No había insultos ni palabras inútiles, cada uno sabía qué decir, qué hacer, dónde ponerse y qué aconsejar. Justo media hora antes del tambor, la tarea fijada estaba hecha y los presos regresaron a casa, cansados, pero muy contentos, aun cuando sólo habían ganado en total una media hora sobre el tiempo reglamentario. Por lo que a mí respecta, me di cuenta de una cosa: adondequiera que fuese a ayudar durante el trabajo, estaba fuera de lugar, molestaba y me echaban poco menos que insultándome.