Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pero si tú no haces nada, Savéliev. SÃ, a ti te lo digo, Hablador Petróvich[38]: ¿qué haces ahà pasmado? ¡A empezar!
—Pero ¿qué voy a hacer yo solo?…
—DÃganos las tareas, Iván Matvéich.
—Ya lo he dicho: no hay tareas. Desmontad la barcaza y marchaos. ¡A empezar!
Finalmente, se pusieron a trabajar, pero con indolencia, sin ganas, torpemente. Daba enojo mirar a aquel grupo de trabajadores sanos y robustos que parecÃan incapaces de ponerse manos a la obra. Cuando se pusieron a arrancar el primer travesaño, el más pequeño, éste se partió: «se parte solo», y se lo llevaron al suboficial como prueba; por tanto, asà no se podÃa trabajar, habÃa que hacerlo de otro modo. Tuvo lugar una larga deliberación entre ellos sobre cómo acometer de otro modo el trabajo, qué hacer. Como es de suponer, poco a poco fueron saliendo a relucir los insultos, las amenazas de males mayores… El suboficial gritó de nuevo y agitó la vara, y de nuevo se partió el travesaño. Por último, resultó que no habÃa hachas suficientes y que habÃa que traer herramientas. Inmediatamente mandaron al penal a dos presos, con escolta, a buscar herramientas, y entretanto todos los demás se sentaron tranquilamente en la barcaza, sacaron sus pipas y se pusieron de nuevo a fumar.
El suboficial acabó escupiendo: