Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Antes que nada habría que quitar este tablón. ¡Vamos a ello, chicos! —propuso uno que no era ni organizador ni cabecilla, sino sólo un joven trabajador, callado y tranquilo, que hasta entonces no había dicho nada y, agachándose, abarcó con las manos un grueso tablón, esperando que le ayudasen. Pero nadie le ayudó.

—¡Ánimo, que ya lo levantas! Ni aunque venga tu abuelo el oso lo levantas —refunfuñó alguno entre dientes.

—Buenos, hermanos, ya me diréis cómo empezamos, yo no lo sé… —admitió perplejo el adelantado, dejando el tablón y levantándose.

—No vas a hacer el trabajo tú solo… ¿por qué te adelantas?

—No sabe ni dar de comer a tres gallinas y quiere ser el primero… ¡Qué avutarda!

—Yo, hermanos, no he… tan sólo lo hacía para… —trató de justificarse el adelantado.

—¿Es que queréis que os forre a palos o que os ponga en salmuera para el invierno? —gritó de nuevo el encargado, mirando perplejo a aquellos veinte hombres que no sabían cómo empezar el trabajo—. ¡A empezar! ¡Deprisa!

—¡Más deprisa no se puede hacer, Iván Matvéich!


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