Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta El joven que vendÃa rosquillas en el penal le compró dos docenas y se puso a discutir animadamente con ella para que le diese tres rosquillas de comisión y no dos, como se hacÃa habitualmente. Pero la vendedora no cedÃa.
—¿Bueno, no me das una más?
—¿Cuál?
—La que no se comen los ratones.
—¡Mala vÃbora te pique! —chilló la muchacha, echándose a reÃr.
Finalmente se presentó, con una vara, el suboficial responsable de los trabajos.
—Eh, vosotros, ¿qué hacéis sentados? ¡A empezar!
—DÃganos las tareas, Iván Matvéich —exclamó uno de los «cabecillas», incorporándose lentamente.
—¿Por qué no lo pedisteis antes de salir? Desmontad la barcaza, ésa es la tarea.
Por fin se fueron levantando y bajaron hacia el rÃo, arrastrando a duras penas los pies. Inmediatamente surgieron del grupo los «encargados», aunque sólo lo fuesen de palabra. Resultó que la barcaza no se podÃa desguazar de cualquier manera, sino conservando en la medida de lo posible los tablones y, sobre todo, los travesaños, sujetos con grandes cuñas de madera al fondo: un trabajo largo y fastidioso.