Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¿Adónde irán esos palurdos? —preguntó el primero, tras una pausa, sin atender a la respuesta a su pregunta anterior y señalando a unos campesinos que, a lo lejos, avanzaban en fila india sobre la nieve virgen. Todos se volvieron perezosamente para mirar en aquella dirección y, para matar el tiempo, empezaron a hacerles burla. Uno de los campesinos, el último de la fila, andaba de manera bastante ridícula, con los brazos en jarras y la cabeza ladeada, cubierta con un gorro rústico, alto y con forma de cono truncado. Toda su figura se destacaba íntegra y nítidamente sobre la blanca nieve.

—Mirad qué facha lleva el hermano Petróvich —observó uno, imitando el acento de los campesinos. Es de notar que los presos miraban en general a los campesinos con cierto desprecio, aunque la mitad de ellos era de origen campesino.

—El de atrás, amigos, anda como si estuviese plantando rábanos.

—Es que le pesa la mollera; seguro que tiene mucho dinero —observó otro.

Todos se echaron a reír, pero con cierta indolencia, como con desgana. Entretanto, llegó la vendedora de rosquillas, una muchacha despierta y vivaracha.

Le compraron rosquillas con los cinco kopeks de la limosna, y las repartieron por igual.


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