Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Llegamos a la orilla. Abajo, en el río helado, estaba la barcaza que debíamos desmontar. En la otra orilla azuleaba la estepa; el paisaje era árido y desértico. Yo esperaba que todos se pusieran a trabajar, pero nadie pensaba en eso. Algunos se sentaron en unos troncos cortados en la orilla; casi todos sacaron de sus botas una bolsita con tabaco del lugar, que se vendía por hojas en el mercado, a tres kopeks la libra, y una pipa corta de madera con adornos hechos a mano. Encendieron las pipas; los soldados de la escolta formaron una cadena a nuestro alrededor y, con cara de gran aburrimiento, se pusieron a vigilarnos.

—¿Y a quién se le habrá ocurrido desmontar esta barcaza? —murmuró uno, como para sus adentros, sin dirigirse a nadie—. ¿Necesitarán astillas o qué?

—A alguien que no nos tiene miedo, a ése se le habrá ocurrido —observó otro.






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