Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por lo demás, no todos los «serios» eran tan expansivos como el pequeño ruso que no soportaba la alegría. En el penal había algunos reclusos que aspiraban a la primacía, al conocimiento de todas las cosas, al ingenio, al carácter, a la inteligencia. Muchos de ellos eran, en efecto, personas inteligentes y de carácter, y alcanzaban lo que se proponían, la primacía y una considerable influencia moral sobre sus compañeros. Con frecuencia eran grandes enemigos entre sí, y a cada uno de ellos había muchos que le odiaban. Miraban con dignidad e incluso condescendencia a los demás presos, no emprendían discusiones inútiles, estaban bien vistos por los jefes, contribuían a poner orden en los trabajos y ninguno de ellos ponía pegas, por ejemplo, a que cantasen: no se rebajaban a tales nimiedades. Conmigo, todos se mostraron muy amables durante toda mi condena, aunque no muy habladores; acaso también por dignidad. De ellos también he de hablar más adelante.