Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Yo no alcanzaba a comprender por qué se enojaban con Skurátov, ni por qué, en general, según pude observar aquellos primeros días, despreciaban a todos los presos que estaban de buen humor. Atribuí la ira del pequeño ruso y de los otros a motivos personales. Pero no se trataba de nada personal, sino de que Skurátov no mantenía el tipo y no tenía la apariencia severa de afectada dignidad de la que estaba contagiado hasta la pedantería todo el presidio; en una palabra: porque era, según la expresión de ellos, «un inútil». Sin embargo, no todos se enojaban con los presos con buen humor, y no todos los trataban como a Skurátov y a otros semejantes a él. Todo dependía de cómo permitía uno que le tratasen: un hombre bonachón y sin malicia enseguida era sometido a humillaciones. Eso me asombró. Pero también había entre los presos con buen humor quienes sabían defenderse y no se dejaban pisotear por nadie: a ésos había que respetarles. En ese mismo grupo había uno de los que sabían enseñar los dientes y que, en el fondo, era muy divertido y simpático, cosa que sólo supe más tarde: un mozo alto y corpulento, con una gran verruga en el carrillo y una expresión de cara sumamente cómica, aunque bastante apuesta e inteligente. Le llamaban «el Zapador», porque en un tiempo había servido en el cuerpo de zapadores; ahora se hallaba en la sección especial. Más adelante hablaré de él.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker