Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En Tobolsk vi a hombres encadenados a un muro. El preso está sujeto por una cadena de un sazhen[41] de larga; al lado está su camastro. Lo encadenaron por algún crimen horrible, cometido en Siberia. Asà están cinco o diez años. La mayorÃa son bandidos. Sólo vi a uno que parecÃa un señor; habÃa prestado servicio alguna vez en algún sitio. Hablaba con calma, ceceando, con una sonrisa empalagosa. Nos mostró su cadena y nos hizo ver la manera más cómoda de acostarse en el camastro. ¡DebÃa ser un buen pájaro! Todos ellos se comportan con mansedumbre y parecen contentos, pero todos ansÃan cumplir cuanto antes su condena. ¿Para qué?, diréis. Pues para salir de aquellas mazmorras húmedas y asfixiantes, de bóvedas bajas de ladrillo, y pasear por el patio del presidio y… y sólo eso. Del presidio no le dejarán salir nunca. Él sabe que los encadenados al muro permanecerán en el penal a perpetuidad, hasta su muerte, y con grilletes. Lo sabe y sin embargo ansÃa cumplir cuanto antes el tiempo que ha de permanecer encadenado al muro. Porque, sin este deseo, ¿acaso podrÃa pasar cinco o seis años encadenado al muro sin morirse y sin volverse loco? ¿Acaso otro podrÃa?