Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Yo sentía que el trabajo podía salvarme, fortalecer mi salud, mi cuerpo. La continua inquietud espiritual, la excitación nerviosa, el aire viciado del barracón podían destrozarme completamente. «He de salir con frecuencia a tomar el aire, fatigarme cada día, aprender a llevar cargas pesadas, y sólo así me salvaré —pensaba—, me haré más fuerte y saldré sano, animado, robusto y joven». No me equivocaba: el trabajo y el ejercicio fueron muy beneficiosos para mí. Yo vi con horror cómo se fue consumiendo en el penal, como una candela, uno de mis camaradas de origen noble. Ingresó al mismo tiempo que yo, aún joven, guapo, animado, y salió medio destrozado, canoso, sin piernas, asmático. «No —pensaba al verlo—, yo quiero vivir y viviré». A cambio de eso, de mi amor al trabajo, hube de soportar desde el principio y durante un buen tiempo muchas burlas y miradas de desprecio por parte de los presos. Pero yo no miraba a nadie y acudía animado a donde me mandaban, por ejemplo, a tostar y triturar alabastro, uno de los primeros trabajos que me enseñaron. Era un trabajo fácil. La jefatura de Ingenieros procuraba, en la medida de lo posible, aliviar el trabajo de los nobles, lo cual, por cierto, no era un acto de favor, sino sólo de justicia. Habría sido extraño exigir a un hombre de la mitad de fuerzas y que nunca había trabajado la misma labor que se asignaba según el reglamento a un verdadero trabajador. Pero semejante «mimo» no siempre se aplicaba, y hasta se aplicaba como a hurtadillas: los demás vigilaban muy de cerca. Bastante a menudo había que realizar faenas duras y entonces, naturalmente, a los nobles les resultaban el doble de pesadas que a los demás trabajadores. Al alabastro solían destinar a tres o cuatro hombres, viejos o débiles, entre los que, claro está, nos encontrábamos nosotros. Además, mandaban a un verdadero trabajador que conocía el oficio. Por lo general, designaron a lo largo de varios años a Almázov, un hombre severo, moreno y seco, ya entrado en años, poco sociable y gruñón. Nos despreciaba profundamente. Por lo demás, era muy poco hablador, hasta tal punto que incluso le daba pereza regañarnos. La barraca en la que se tostaba y trituraba el alabastro estaba también en la orilla escarpada y solitaria del río. En invierno, sobre todo en los días oscuros, era bastante aburrido mirar al río y a la otra orilla, lejana. En aquel paisaje árido y desierto había algo nostálgico que desgarraba el corazón. Pero acaso era más duro cuando sobre la interminable sábana blanca de la nieve brillaba vivamente el sol. ¡Quién hubiera podido volar hasta aquella estepa que empezaba en la otra orilla del río y se extendía hacia el sur como un inmenso mantel de mil quinientas verstas! Almázov solía ponerse a trabajar silenciosa y rigurosamente; nosotros parecíamos avergonzados de no poder ayudarle en realidad, y él, con toda intención, se las arreglaba solo y no nos pedía ninguna ayuda, como si quisiera que nosotros nos sintiéramos culpables ante él y que nos pesara nuestra inutilidad. Todo el trabajo se reducía a encender el horno, donde había de tostarse el alabastro que nosotros metíamos. Al día siguiente, cuando el alabastro ya estaba completamente tostado, procedíamos a extraerlo del horno. Cada uno de nosotros cogía un pesado mazo, llenaba un cajón de alabastro y se ponía a triturarlo. Era un trabajo muy agradable. El frágil alabastro se convertía rápidamente en un polvo blanco y brillante: así de fácil y de bien se desmenuzaba. Nosotros esgrimíamos los pesados martillos y golpeábamos con tanto estrépito que daba gusto oírlo. Finalmente, nos cansábamos, y al mismo tiempo nos sentíamos bien; las mejillas nos ardían, la sangre circulaba más aprisa. Entonces, Almázov empezaba a mirarnos con indulgencia, como se mira a los niños pequeños; con indulgencia fumaba su pipa y sin embargo, no podía dejar de gruñir cada vez que hablaba. Por lo demás, era así con todos y, en el fondo, parece que era buena persona.


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