Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Otro trabajo al que me destinaron consistía en hacer girar la rueda de un torno en un taller. La rueda era grande, pesada. Se necesitaba mucho esfuerzo para hacerla girar, sobre todo cuando el tornero (de los talleres de Ingeniería) torneaba algo semejante a la baranda de una escalera o unas patas para una mesa grande destinada al mobiliario oficial de algún funcionario, para lo cual hacía falta casi todo un tronco. En tales casos, un hombre solo no tenía fuerzas suficientes y, por lo general, enviaban a dos, a mí y a otro noble, B. Ese trabajo nos fue adjudicado durante varios años siempre que había que tornear algo. B. era un hombre débil y enclenque, aún joven, y padecía del pecho. Ingresó en el penal un año antes que yo, junto con otros dos compañeros suyos: un viejo que se pasaba rezando día y noche (por lo que le respetaban mucho los reclusos), y que murió estando yo allí, y un joven mozo, sano, fuerte, apuesto y valiente, que había llevado a cuestas a B., agotado después de media jornada, durante un trayecto de setecientas verstas. Había que ver la amistad que existía entre ellos. B. era un hombre muy culto, generoso, de carácter magnánimo, pero muy estropeado e irritable por culpa de la enfermedad. Movíamos la rueda juntos y eso constituía nuestra ocupación. A mí ese trabajo me proporcionaba un excelente ejercicio.



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