Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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También me gustaba mucho recoger la nieve. Eso sucedía generalmente después de las tormentas de nieve y era bastante habitual en invierno. Después de un día de tormenta, la nieve llegaba a cubrir hasta la mitad de las ventanas de algunas casas, y a otras casi las cubría por completo. Entonces, cuando amainaba el temporal y salía el sol, nos enviaban en grandes cuadrillas —a veces hasta a todo el presidio— a quitar la nieve amontonada en los edificios públicos. Nos daban a cada uno una pala y nos asignaban una tarea común, a veces de tal magnitud que era de admirar cómo podíamos realizarla, y nos poníamos manos a la obra todos a la vez. La nieve, recién caída, estaba poco apelmazada y ligeramente helada por arriba, se recogía muy bien con la pala, en enormes terrones, y se esparcía por todas partes, convirtiéndose en el aire en un polvillo brillante. La pala se hundía sola en aquella masa blanca, que resplandecía al sol. Los presos casi siempre hacían este trabajo con alegría. El aire fresco del invierno y el ejercicio les animaban. Todos se ponían contentos; se oían risas, gritos, bromas. Empezaban a jugar con la nieve, y al poco tiempo protestaban los sensatos y los que odiaban las risas y el buen humor, y la diversión general solía terminar con insultos.




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