Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Poco a poco fui extendiendo el círculo de mis conocidos. Por lo demás, no pensaba en ello: aún estaba inquieto, apesadumbrado y receloso. Empecé a conocer a gente. Entre los primeros que vinieron a visitarme estaba el preso Petrov. Digo visitarme, e insisto especialmente en esta palabra. Petrov vivía en la sección especial, y en el barracón más alejado del mío. Era evidente que entre nosotros no podía haber ninguna relación; no teníamos y no podíamos tener absolutamente nada en común. Y sin embargo, en aquellos primeros tiempos, Petrov consideró casi una obligación venir a verme al barracón casi a diario o pararme cuando yo paseaba durante el tiempo libre por detrás de los barracones, a salvo, en la medida de lo posible, de todas las miradas. Al principio, aquello me desagradaba. Pero él consiguió que, al poco tiempo, sus visitas me distrajeran, a pesar de no ser especialmente sociable ni conversador. Físicamente era de baja estatura, complexión recia, ágil, inquieto, con una cara bastante agradable, pálido, ancho de espaldas, de mirada risueña, con dientes blancos, apretados y pequeños, con una eterna porción de tabaco mascado tras el labio inferior. Muchos presos acostumbraban a ponerse tabaco tras el labio. Parecía más joven de lo que era. Tenía cuarenta años, pero aparentaba treinta. Hablaba siempre conmigo con suma desenvoltura, manteniéndose en pie de igualdad, es decir, con sumo tacto y delicadeza. Si notaba, por ejemplo, que yo buscaba la soledad, después de hablar conmigo dos minutos, me dejaba solo y cada vez me daba las gracias por la atención, lo que no hacía nunca con nadie en todo el penal. Es curioso que semejante relación continuara entre nosotros no sólo los primeros días, sino también en los años siguientes, sin que casi nunca se hiciera más estrecha, aunque él me tenía realmente mucho aprecio. Ni siquiera hoy podría decir qué quería él de mí y por qué venía a verme todos los días. Aunque luego alguna vez me robó, lo hizo como sin querer; casi nunca me pedía dinero, por tanto, no se acercó a mí por dinero o por un interés particular.


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