Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Tampoco sé por qué, pero siempre me pareció que él no vivía en el mismo penal que yo, sino en alguna casa lejana, en la ciudad, y que sólo visitaba el presidio como de paso, para tener noticias, verme a mí y ver cómo vivíamos. Siempre tenía prisa por ir a algún sitio, como si alguien le estuviese esperando en alguna parte, como si hubiese dejado algo a medio hacer. Sin embargo, parecía no darse mucha prisa. Había algo extraño en su mirada: fija, con un matiz de audacia y de burla, parecía dirigirse a lo lejos, más allá del objeto que tenía delante, como si tratase de distinguir otra cosa, más distante. Esto le daba un aspecto distraído. Algunas veces intenté averiguar adónde iba Petrov después de verme, dónde le esperaban. Pero, después de verme, se dirigía apresuradamente a algún barracón o a la cocina, se sentaba allí junto a alguno de los que hablaban, escuchaba con atención, a veces intervenía en la conversación con mucho ardor y luego, de pronto, se interrumpía y se quedaba callado. Pero, lo mismo si hablaba que si guardaba silencio, era evidente que sólo estaba de paso, que en alguna parte tenía algo que hacer y que allí le estaban esperando. Lo más extraño de todo era que nunca tenía nada que hacer; vivía en completa ociosidad (fuera de los trabajos forzados, se entiende). No sabía ningún oficio y casi nunca tenía dinero. Pero el dinero no le preocupaba mucho. Y ¿de qué hablaba conmigo? Su conversación era tan extraña como él. Veía, por ejemplo, que yo andaba sólo por detrás de los barracones y se volvía de pronto hacia mí. Siempre andaba deprisa, y se volvía bruscamente. Aunque viniera al paso, parecía como si corriese.