Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Buenos días!
—¡Buenos días!
—¿No le molesto?
—No.
—Quería preguntarle una cosa sobre Napoleón. ¿Es pariente del de 1812? —(Petrov era hijo de un soldado de la leva y sabía leer y escribir).
—Sí.
—¿Cómo es que le llaman presidente?
Siempre preguntaba deprisa, de carrerilla, como si le urgiese enterarse de algo. Exactamente como si hubiese recibido la orden respecto a un asunto muy importante, que no admitía la menor dilación.
Le expliqué que era presidente y añadí que pronto sería emperador.
—¿Y cómo?
También se lo expliqué como pude. Petrov escuchaba atentamente. Comprendía muy bien y enseguida se hacía una idea, incluso inclinaba la oreja hacia mi lado.
—¡Ejem! Quería preguntarle, Alexánder Petróvich, si es verdad lo que dicen que hay monos que tienen brazos que les llegan a los talones y que son tan grandes como el hombre más alto.
—Sí, los hay.
—¿Cuáles son?
Le expliqué también lo que sabía.
—¿Y dónde viven?