Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —En tierras cálidas. En la isla de Sumatra los hay.
—Eso está en América, ¿no? ¿No es allà donde dicen que la gente anda cabeza abajo?
—Cabeza abajo, no. Usted pregunta por las antÃpodas.
Le expliqué qué era América y, como pude, qué eran las antÃpodas. Escuchó tan atentamente que parecÃa que hubiera venido a verme sólo para preguntarme sobre las antÃpodas.
—¡Ah! Pues yo leà el año pasado algo sobre la condesa La Vallière[42] en un libro que me dejó el ayudante Arefiev. Entonces, ¿eso es verdad o sólo inventado? Era una obra de Dumas.
—Claro que inventado.
—Buenos, adiós. Se lo agradezco.
Y Petrov desaparecÃa. En realidad, casi nunca hablábamos de otro modo.
Empecé a informarme sobre él. M., al enterarse de que le conocÃa, me previno. Me contó que muchos presos le horrorizaban, sobre todo al principio, en los primeros dÃas de presidio, pero que ninguno de ellos, ni siquiera Gazin, le producÃa una impresión tan horrible como ese Petrov.