Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Estoy convencido de que me querÃa, y eso me asombraba mucho. ¿Me consideraba inmaduro, un hombre incompleto? ¿SentÃa por mà esa clase especial de compasión que instintivamente experimenta un ser fuerte por uno más débil, teniéndome a mà por tal?… No sé. Y, aunque nada de eso le impedÃa robarme, estoy seguro de que, al robarme, se compadecÃa de mÃ. «¡Vaya! —debÃa pensar al poner la mano en mis pertenencias—. ¿Qué tipo es este que no puede defender lo suyo?» Creo que precisamente por eso me querÃa. En cierta ocasión me dijo, como por descuido, que yo era «un alma demasiado buena» y «tan simple, tan simple que hasta daba lástima». «No lo tome a mal, Alexánder Petróvich —añadió al instante—. Lo que le he dicho me ha salido del alma».