Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Hago notar, por cierto, que ese Petrov era el mismo que quiso matar al mayor de la plaza cuando le llamaron para imponerle el castigo y cuando el mayor «se salvó de milagro», como decían los presos, al irse instantes antes de la ejecución. Una vez, antes de ir a prisión, sucedió que un coronel le pegó durante la instrucción. Sin duda, le habían pegado antes muchas veces, pero en aquella ocasión no quiso resignarse y atravesó con la bayoneta al coronel a la luz del día y delante de toda la tropa. Por lo demás, no conozco con detalle toda esa historia; él nunca me la contó. Por supuesto, se trataba sólo de arrebatos en los que se manifestaba de pronto toda su naturaleza. Sin embargo, tales arrebatos le sucedían muy rara vez. Era, en efecto, una persona juiciosa e incluso pacífica. En él latían fuertes y ardientes pasiones; pero las candentes brasas estaban constantemente cubiertas de ceniza y ardían tranquilamente. Nunca observé en él ni sombra de la fanfarronería y de la jactancia que, por ejemplo, tenían otros. Rara vez discutía, aunque tampoco era muy amigo de nadie, excepto quizá de Sirotkin, y eso cuando éste le era necesario. Una vez vi cómo se enojaba seriamente. No le daban algo, alguna prenda; le habían engañado en un reparto. Discutió con un preso forzudo, alto, malo, camorrista, burlón y nada cobarde: Vasili Antónov, un civil. Llevaban ya mucho rato gritando y yo pensé que la cosa acabaría, como mucho, a golpe limpio, porque Petrov, aunque muy rara vez, también insultaba y peleaba como el último preso. Pero en aquella ocasión no sucedió así: Petrov, de pronto, se puso pálido, tenía los labios trémulos y amoratados y empezó a respirar con dificultad. Se levantó de su sitio y despacio, muy despacio, sigilosamente, con los pies descalzos (en verano le gustaba mucho ir descalzo), se acercó a Antónov. De repente, en el barracón ruidoso y vociferante, enmudecieron todos. Se habría podido oír el vuelo de una mosca. Todos esperaban a ver qué pasaría. Antónov salió a su encuentro; tenía el rostro demudado… No lo resistí y salí del barracón. Esperaba que antes de bajar la escalera del porche oiría el grito del hombre degollado. Pero la cosa acabó en nada también aquella vez: Antónov, antes de que Petrov llegase hasta él, rápidamente y sin decir nada, le arrojó la prenda en litigio (un viejo trapo sin valor alguno, unos peales). Por supuesto, pasados unos dos minutos Antónov le espetó algunos insultos de poca monta, para tranquilizar su conciencia y guardar las formas, para mostrar que no se había acobardado tanto. Pero Petrov no hizo caso de ellos y ni siquiera le respondió: la cosa no estaba en los insultos y él había salido ganando. Estaba muy satisfecho y se llevaba los peales. Al cuarto de hora ya deambulaba por la prisión como antes, con aire de no hacer nada y como buscando algún lugar en que hablasen de algo curioso, para arrimarse, meter baza y escuchar. Todo parecía interesarle, pero la mayoría de las veces permanecía indiferente a todo y se limitaba a vagar por el presidio, yendo de un sitio a otro sin hacer nada. También se le habría podido comparar con un trabajador, con un sólido trabajador a quien le cunde el trabajo, pero a quien no se le ha asignado trabajo alguno y, a la espera de él, se sienta y juega con los niños. Yo tampoco comprendía por qué vivía en el penal, por qué no se había fugado. Si lo hubiera querido, no habría dudado en fugarse. A las personas como Petrov les rige la razón sólo hasta que desean algo. Entonces, en toda la tierra no hay obstáculos a su deseo. Estoy seguro de que habría sabido fugarse hábilmente, engañando a todos, y de que habría podido pasarse una semana sin pan en mitad del bosque o del cañaveral de un río. Pero era evidente que no se le había ocurrido esa idea y que no lo había deseado plenamente. Nunca observé en él ni mucho razonamiento ni un juicio particularmente sano. Este tipo de gente nace con una sola idea que les dirige inconscientemente toda su vida de un sitio a otro, y andan agitados toda su vida hasta que encuentran una cosa plenamente conforme a su deseo; entonces pierden la cabeza. A veces me asombraba cómo ese hombre que había degollado a su jefe porque le había pegado, se sometía a los vergajazos sin objetar nada. A veces, cuando le descubrían con vodka, le azotaban. Como todos los presos sin oficio, a veces se dedicaba a pasar vodka de contrabando. Pero ante los vergajazos se tendía como si diese su consentimiento, es decir, como si reconociera su culpa. En caso contrario, nunca se habría tendido, ni aunque le matasen. También me asombraba yo cuando, a pesar del manifiesto afecto que me tenía, me robaba. Eso le sucedía por temporadas. Me robó la Biblia que le entregué únicamente para que la llevase de un lugar a otro. Aunque el camino era de unos cuantos pasos, se las ingenió para encontrar a un comprador, se la vendió y enseguida se gastó el dinero en bebida. Sin duda, tenía muchas ganas de beber y, como lo deseaba mucho, debía cumplir ese deseo. Alguien así es capaz de descuartizar a una persona por veinticinco kopeks para beberse con ellos una jarrita de vodka, mientras que en otro momento le dejará pasar con cien mil rublos. Esa misma tarde me confesó el robo, aunque sin la menor turbación ni arrepentimiento, completamente indiferente, como si se tratase de un suceso habitual. Intenté echarle una buena reprimenda, pues sentía haber perdido mi Biblia. Me escuchó sin irritarse, incluso con mucha serenidad; convenía conmigo en que la Biblia es un libro muy provechoso y sentía sinceramente que yo no la tuviera, pero de ningún modo sentía habérmela robado; me miraba con tanto convencimiento que al instante dejé de reprochárselo. Él soportó mis reproches pensando que no podía ser de otra manera, que yo debía reprenderle por semejante acto («Bueno, que se desahogue, que se consuele, que me insulte»), pero que, en el fondo, aquello era una estupidez, una estupidez tal que un hombre serio debería sentir vergüenza de hablar de ella. Creo que, en general, me consideraba un niño, casi un bebé, incapaz de comprender las cosas más sencillas del mundo. Si, por ejemplo, le hablaba de algo, a excepción de las ciencias y de los libros, él me respondía, es cierto, pero como por cortesía únicamente, limitándose a las respuestas más breves. Con frecuencia yo me preguntaba: ¿para qué le interesarán esos conocimientos librescos sobre los que suele interrogarme? Alguna vez, durante esas conversaciones, le miraba de soslayo para saber si se reía de mí. Pero no lo hacía; normalmente me escuchaba con seriedad, atento, aunque, por cierto, no mucho, circunstancia esta que me desagradaba a veces. Él formulaba las preguntas con exactitud, con precisión, mas parecía no asombrarse de la información que yo le proporcionaba y la acogía con aire distraído. Me parecía también que, respecto a mí, sin romperse mucho la cabeza, había decidido que era imposible hablar conmigo como con los demás, y que, aparte de los libros, yo no entendía de nada y que incluso era incapaz de entender, por lo que no valía la pena molestarme.


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