Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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De los hombres decididos es difícil hablar; en el presidio, como en todas partes, había muy pocos. A primera vista, parecen hombres feroces; si hacemos caso de las cosas que cuentan de ellos, rehuimos su compañía. Al principio, un sentimiento involuntario me impulsaba a apartarme de esa gente. Luego cambié mucho de opinión incluso respecto a los más feroces asesinos. Había quien no había matado a nadie y era más feroz que quien estaba allí por seis asesinatos. De algunos crímenes resultaba difícil hacerse siquiera una idea aproximada: hasta tal punto había cosas extrañas en su ejecución. Digo esto precisamente porque entre la gente llana de nuestro pueblo se cometen algunos crímenes por los más sorprendentes motivos. Existe, por ejemplo, y es bastante frecuente, este tipo de asesino: un hombre que vive tranquila y plácidamente. Se resigna a su triste suerte. Supongamos que es un mujik, un siervo, un hombre libre, un soldado. De pronto, algo estalla dentro de él; no soporta más y apuñala a su enemigo y opresor. Aquí comienza lo extraño: es un hombre que temporalmente se sale de sus casillas. El primero al que ha matado era su opresor, su enemigo; aunque se trata de un crimen, es comprensible; había una causa; pero luego sigue matando no ya a sus enemigos, sino al primero que encuentra, mata por placer, por una palabra grosera, por una mirada, para redondear la cuenta o simplemente por decir: «¡Quítate de mi camino, no te cruces, que paso yo!». Es como si estuviese borracho, como si delirase. Es como si, una vez que ha saltado la frontera de la ley, empezara a jactarse de que no hay nada sagrado para él; le causa placer saltar por encima de la ley y del poder y se deleita en la libertad más desenfrenada y sin límites, esa opresión del corazón que acompaña al horror y que es imposible que él mismo no sienta. Sabe, por descontado, que le espera un terrible suplicio. Todo eso puede ser parecido a la sensación del hombre que desde una alta torre es atraído por el abismo que está bajo sus pies, de suerte que finalmente se alegraría de arrojarse cabeza abajo: ¡cuanto antes y asunto concluido! Y todo eso sucede con la gente más apacible e insignificante. Algunos de ellos, en ese delirio, incluso llegan a la jactancia. Cuanto más mansos fueron antes, mayor es la tentación de pavonearse ahora, de infundir miedo. Goza con ese miedo, le gusta la repulsión que inspira a los demás. Se reviste de una cierta desesperación, ese «desesperado» a veces aguarda cuanto antes el castigo, aguarda que lo sentencien, porque al final se le hace difícil soportar el peso de esa aparente desesperación. Es curioso que la mayoría de las veces ese talante, toda esa apariencia, dure sólo hasta el patíbulo y luego desaparezca igual que si se tratara de un plazo formal fijado de antemano por los reglamentos previstos para este caso. Allí, el hombre de pronto se amilana, se desdibuja, se convierte en un guiñapo. En el patíbulo gimotea… pide perdón al pueblo. Llega al presidio y le veis tan baboso, tan mocoso, tan sumiso que os asombráis: «¿Cómo es posible que sea el mismo que ha matado a cinco o seis personas?».


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