Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Se acercaba la Navidad. Los presos la esperaban con cierta solemnidad y, al mirarles, yo también esperaba algo extraordinario. Cuatro días antes de la fiesta nos llevaron a los baños. En mis tiempos, sobre todo en mis primeros años, rara vez llevaban allí a los presos. Todos se alegraron y empezaron a prepararse. Se fijó que fuésemos después de la comida y que aquella tarde ya no se trabajaría. El que más se alegró y se entusiasmó de nuestro barracón fue Isái Fómich Bumstein, el preso judío del que ya hablé en el capítulo cuarto de mi relato. Le gustaba con locura tomar los baños de vapor, hasta perder el sentido, y cada vez que ahora, removiendo antiguos recuerdos, evoco el baño de los presos (el cual merece no ser olvidado), en el primer plano del cuadro aparece enseguida ante mí el rostro del bienaventurado e inolvidable Isái Fómich, compañero mío del presidio y de mi barracón. ¡Dios mío, qué gracioso y ridículo era aquel hombre! Ya dije algunas palabras de su figura: tenía unos cincuenta años, era enclenque, lleno de arrugas, con unas marcas espantosas en las mejillas y en la frente, delgado, debilucho, con el cuerpo blanco, de gallina. En la expresión de su semblante se traslucía una perpetua e inquebrantable autosatisfacción y hasta beatitud. Parecía que no le dolía lo más mínimo encontrarse en el penal. Como era joyero, y como no había joyero alguno en la ciudad, estaba continuamente haciendo trabajos de joyería para los señores y las autoridades de la ciudad. Aunque no fuera mucho, siempre le pagaban algo. No tenía necesidades, y hasta vivía como un rico, pero ahorraba dinero y lo prestaba con intereses a todo el presidio. Tenía su propio samovar, un buen jergón, tazas y un juego completo de vajilla. Los judíos de la ciudad no le negaban su amistad y protección. Los sábados iba, con escolta, a la sinagoga de la ciudad (lo que estaba permitido por la ley), y vivía con bastante comodidad, aunque esperando con impaciencia cumplir su condena de doce años para «cazarze». Tenía la más cómica sonrisa de ingenuidad, estupidez, astucia, audacia, simpleza, timidez, jactancia e insolencia. A mí me extrañaba mucho que los presos no se rieran de él, salvo que alguna vez le gastasen una broma para divertirse. Isái Fómich, por lo visto, servía a todos de entretenimiento y diversión perpetua. «Él es único aquí; no toquéis a Isái Fómich», decían los presos, y él, aunque comprendía por qué lo decían, estaba visiblemente orgulloso de su importancia, lo que les divertía mucho. Llegó al penal de la manera más cómica (antes que yo, pero me lo contaron). De pronto, un día, al caer la tarde, en el tiempo de descanso, corrió por el penal el rumor de que había llegado un judío, que le estaban rapando en el cuerpo de guardia y que no tardaría en presentarse. Por aquel entonces no había ningún judío en el penal. Los presos le aguardaban con impaciencia y le rodearon en cuanto apareció por el portalón. Un suboficial le condujo al barracón de los presos civiles y le señaló su puesto en el camastro. Isái Fómich llevaba en las manos su petate, con las prendas reglamentarias que le habían entregado y sus efectos personales. Dejó el petate, se subió al camastro y se sentó con las piernas cruzadas, sin atreverse a alzar la vista. A su alrededor cundieron las risas y los chistes sobre los judíos. De pronto, se abrió paso entre los demás un joven preso que llevaba en la mano unos pantalones de verano viejísimos, sucísimos y sumamente andrajosos, y unos peales facilitados por la administración. Se sentó al lado de Isái Fómich y le dio una palmada en el hombro:


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