Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¡Hola, amigo!, llevo ya seis años esperándote. Mira, ¿cuánto das por esto?

Y extendió ante él los harapos que llevaba.

Isái Fómich, que al entrar en el penal estaba tan asustado que ni siquiera se había atrevido a alzar los ojos hacia aquella masa de caras burlonas, desfiguradas y terribles que le rodeaban, y que por timidez no había dicho aún ni palabra, al ver aquellas prendas, se irguió de repente y empezó a palpar con los dedos los harapos. Todos estaban esperando a ver qué diría.

—Bueno, ¿qué? Un rublo de plata ya me darás. Bien lo valen —continuó el preso, haciéndole un guiño a Isái Fómich.

—Un rublo no puedo, pero siete kopeks sí.

Esas fueron las primeras palabras que pronunció Isái Fómich en la prisión. Todos se echaron a reír.

—¿Siete? Bueno, dámelos. ¡Qué suerte tienes! Mira, guarda bien las prendas. Con tu cabeza me respondes.

—Con un interés de tres kopeks, hacen diez —continuó el judío con voz trémula y entrecortada, metiendo la mano en el bolsillo para sacar el dinero y mirando tímidamente a los presos. Tenía un miedo espantoso y quería acabar cuanto antes el asunto.

—Al año, ¿eh? ¿Tres kopeks de interés?

—No, al año, no, al mes.


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