Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¡Qué agarrado eres, judío! ¿Cómo te llamas?

—Isái Fómich.

—Bueno, Isái Fómich, llegarás lejos entre nosotros. ¡Adiós!

Isái Fómich miró de nuevo las prendas, las dobló y las colocó cuidadosamente en su petate, entre las risas prolongadas de los presos.

En realidad, todos parecían tenerle afecto, y ninguno le ofendía, aunque casi todos estaban endeudados con él. Era inofensivo como una gallina y, al ver la buena disposición de ánimo de todos hacia él, llegaba incluso a fanfarronear, aunque de una manera tan cómica e ingenua que todos se lo perdonaban. Luchka, que había conocido a muchos judíos, se metía a menudo con él, pero no con mala intención, sino sólo para entretenerse, igual que se entretiene uno con un perro, un loro o un animal amaestrado. Isái Fómich lo sabía de sobra, no se enfadaba jamás y le respondía con destreza.

—¡Eh, judío, menuda paliza te voy a dar!

—Tú me pegarás a mí una vez; pero yo a ti, diez —replicaba con gallardía Isái Fómich.

—¡Maldito piojo!

—¿Y qué si tengo piojos?

—¡Piojoso judío!

—¿Y qué si lo soy? Piojoso, pero rico; mira cómo suenan las monedas.


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