Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Vendiste a Cristo.
—¿Y qué si lo vend�
—¡Bravo, Isái Fómich! ¡No le toquéis, que sólo tenemos uno! —gritaban, riendo, los presos.
—¡Eh, judÃo! ¡Probarás el látigo! ¡Irás a Siberia!
—Ya estoy en Siberia.
—Pues te mandarán aún más lejos.
—¿Y hay Dios all�
—Sà hay.
—Pues que me manden; mientras haya Dios y tenga dinero, en todas partes se está bien.
—¡Bravo, Isái Fómich! ¡Qué valiente eres! —le gritaban todos, y aunque Isái Fómich se daba cuenta de que se estaban burlando de él, se animaba; los elogios de todos le producÃan una visible satisfacción, y se ponÃa a tararear por el barracón con voz de falsete: «La-la-la-la-la», un motivo absurdo y ridÃculo, la única tonadilla, sin letra, que tarareó mientras estuvo en prisión.
Más tarde, cuando nos hicimos muy amigos, me aseguró, bajo juramento, que aquella tonadilla y aquel motivo eran los que iban cantando seiscientos mil judÃos, desde el más pequeño al más grande, al atravesar el Mar Rojo, y que a todos los judÃos les estaba mandado entonar ese motivo en los instantes de triunfo y de victoria sobre sus enemigos.