Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Las vísperas de los sábados, a las cinco de la tarde, venían expresamente desde otros barracones al nuestro para ver cómo Isái Fómich iba a celebrar su sabbat. Era hasta tal punto ingenuamente engreído y vanidoso que esa curiosidad general también le producía satisfacción. Con pedantesca y afectada gravedad cubría en un rincón su minúscula mesilla con un mantel, abría el libro de rezos, encendía dos velas y, murmurando unas palabras misteriosas, se envolvía en su estola ritual («eztola», como decía él). Era una banda de diversos colores hecha de lana, que guardaba celosamente en su baúl. Se colocaba en ambas manos unos brazaletes, y en la cabeza, justo en la frente, se ataba con una cinta una cajita de madera, de suerte que parecía como si de su frente saliese un ridículo cuerno. Luego empezaba el rezo. Lo recitaba con voz cantarina, gritaba, escupía a un lado, daba vueltas sobre sí mismo y hacía gestos raros y ridículos. Sin duda, todo aquello estaba prescrito por el rito de la plegaria, y nada de ridículo y extraño había en ello; lo ridículo era que Isái Fómich presumiera ante nosotros y se diese importancia con sus ritos. De repente, se cubría la cabeza con las manos y comenzaba a leer entre sollozos. Los gemidos iban en aumento, hasta que, exhausto y casi aullando, inclinaba sobre el libro la cabeza coronada por el arca; pero, de pronto, en medio de los sollozos más estremecedores, rompía a reír y a recitar con voz tierna y solemne y como alterada por el exceso de felicidad. «Se va a romper», decían los presos. Una vez le pregunté qué significaban aquellos sollozos y luego, de pronto, aquellos solemnes tránsitos de dicha y gloria. A Isái Fómich le gustaban mucho aquellas preguntas mías. Enseguida me explicó que el llanto y los gemidos representaban la idea de la pérdida de Jerusalén, y que la ley prescribía que, ante ese pensamiento, había que gemir lo más fuerte posible y darse golpes en el pecho. Pero que, en el instante de los gemidos más fuertes, él, Isái Fómich, como de improviso, debía de pronto (ese «de pronto» también estaba prescrito por la ley) acordarse de la profecía del regreso de los hebreos a Jerusalén. Entonces debía estallar inmediatamente de alegría con risas y cánticos y recitar las oraciones de modo que su voz expresase la mayor alegría posible, y su rostro la mayor solemnidad y nobleza. Aquel tránsito repentino y la ineludible obligación de hacerlo le gustaban sobremanera: lo veía como una original e ingeniosa muestra de habilidad, y con aire engreído me transmitió esa complicada regla de la ley. Una vez, en el punto culminante de la plegaria, entró en el barracón el mayor, acompañado del oficial de guardia y de varios soldados. Todos los presos se pusieron firmes delante del camastro, y sólo Isái Fómich continuó gritando y gesticulando aún más. Él sabía que los rezos estaban permitidos, que no era posible interrumpirlos, y que, al gritar delante del mayor, no corría ningún riesgo. Pero le resultaba sumamente agradable hacerse el interesante delante del mayor y presumir ante nosotros. El mayor se acercó hasta quedarse a un paso de él: Isái Fómich retrocedió hasta su mesilla y, en la cara misma del mayor, comenzó a recitar su profecía triunfal, agitando los brazos. Como le estaba prescrito en aquel momento expresar en su rostro una alegría y una nobleza extraordinarias, así lo hizo, entornando los ojos de un modo muy especial, riendo y meneando la cabeza hacia el mayor. Éste se quedó atónito y, por último, soltó una risotada, le llamó idiota a la cara y se retiró, en tanto que Isái Fómich redoblaba sus gritos. Al cabo de una hora, mientras cenaba, le pregunté:


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