Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¿Y si el mayor, con lo imbécil que es, se hubiese enfadado con usted?

—¿Qué mayor?

—¿Cómo que qué mayor? ¿Es que no le ha visto?

—No.

—Pero si estaba a un paso de usted, delante de sus narices.

Isái Fómich, con la mayor seriedad, me aseguró que no había visto absolutamente a ningún mayor y que, durante los rezos, se sumía en una especie de éxtasis, y no veía ni oía lo que pasaba a su alrededor.

Como si fuera hoy, veo a Isái Fómich paseando por el penal los sábados sin hacer nada, esforzándose al máximo para no hacer nada, como está prescrito por la ley judía en el día del sabbat[46]. ¡Qué anécdotas tan increíbles me contaba al volver de la sinagoga! ¡Qué noticias y rumores de Petersburgo tan inverosímiles me traía, asegurándome que los había oído a sus amigos judíos, y que ellos los sabían de primera mano!

Pero ya he hablado demasiado de Isái Fómich.


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