Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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En toda la ciudad sólo había dos casas de baños públicos. La primera, que mantenía un judío, tenía cuartos numerados, cada uno de los cuales costaba cincuenta kopeks, y había sido construida para clientes de alto rango. La otra casa de baños era eminentemente popular, vieja, sucia, exigua. A esos baños iba nuestro presidio. Era un día helado y con sol; los presos estaban contentos porque salían de la prisión y verían la ciudad. Las bromas y las risas no faltaron por el camino. Nos escoltaba todo un pelotón de soldados con los fusiles cargados, ante el asombro de toda la ciudad. En los baños enseguida nos dividieron en dos turnos; el segundo turno esperaba en el frío vestíbulo a que el primero terminara de bañarse, lo que era indispensable por lo reducido de la sala de baños. Pero, pese a todo, ésta era tan exigua que resulta difícil imaginar cómo podía caber en ella la mitad de nosotros. Pero Petrov no se separó de mi lado; sin que yo se lo pidiera, acudió en mi ayuda y se ofreció para lavarme. Junto con Petrov, también me ofreció sus servicios Baklushin, el preso de la sección especial al que llamaban «el Zapador» y al que ya mencioné como el más alegre y simpático de todos los presos, pues realmente lo era. Yo ya tenía con él un ligero trato. Petrov me ayudó hasta a desnudarme, pues yo, por la falta de costumbre, tardaba mucho en hacerlo, y en el vestíbulo hacía casi tanto frío como al aire libre. Por cierto, a los presos les resulta muy difícil desnudarse si antes no aprenden a hacerlo. En primer lugar, hay que saber sacarse aprisa los protectores de cuero de cuatro vershok[47] de largo, que se ponen encima de la ropa interior y debajo de la argolla de hierro que rodea el tobillo. Un par de estos protectores de cuero cuesta no menos de seis grivnas[48], pero todos los presos se las procuran por su cuenta, porque sin ellos es imposible andar. La argolla no se ajusta a la pierna y entre ambas cabe un dedo; de esa manera, el hierro golpea la pierna, la roza y en un día el preso sin protectores se haría heridas en los tobillos. Mas lo difícil no era quitarse los protectores de cuero. Más difícil era aprender a quitarse la ropa interior por debajo de los grilletes. Era todo un juego de manos. Para quitarse, pongamos por caso, la pernera izquierda de los calzones, había que pasarla primero hacia abajo entre la pierna y la argolla de los grilletes; luego, dejando libre la pierna, había que sacarla por la argolla hacia arriba. Después de esto, una vez desnuda la pierna izquierda, había que pasar hacia abajo la parte derecha por la argolla y, por último, sacar la prenda entera hacia arriba por la argolla derecha. La misma historia se repetía en el momento de ponerse la ropa limpia. A un novato le resulta difícil adivinar cómo se hace; el primero que nos enseñó a hacerlo fue el preso Korenev, en Tobolsk, que había sido atamán de una banda de forajidos y que llevaba ya cinco años encadenado. Pero los presos están acostumbrados y se desnudan sin la menor dificultad. Di a Petrov algunos kopeks para que comprara jabón y estropajo. A los presos nos daban, es verdad, jabón de la Administración, pero sólo un trozo del tamaño de una moneda de dos kopeks y del grosor de una de esas lonchas de queso que sirven para merendar en las casas de la gente de «clase media». Allí mismo, en el vestíbulo, vendían jabón, hidromiel, rosquillas y agua caliente. A cada preso sólo le daban, según el acuerdo hecho con el dueño de los baños, un cubo de agua caliente; el que quería lavarse mejor, podía procurarse por un grosh otro cubo, que le entregaban en la sala de baños por la ventanilla abierta a tal efecto desde el vestíbulo. Después de desnudarme, Petrov me llevó de la mano, pues observó lo difícil que me resultaba andar con los grilletes. «Tire de ellos hacia arriba, hacia la pantorrilla —me dijo, sosteniéndome como si fuese mi instructor—, y aquí tenga cuidado, hay un escalón». A mí me remordía un poco la conciencia; quería asegurarle a Petrov que podía andar solo, pero él no me habría creído. Me trataba exactamente como a un niño pequeño y desvalido al que todos tienen que ayudar. Pero Petrov no era un criado, ni mucho menos; de haberle ofendido yo, él habría sabido qué hacer. Ni le prometí dinero por sus servicios, ni él me lo pidió. ¿Qué era lo que le incitaba a cuidarme tanto?


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