Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Cuando abrimos la puerta de la sala de baños, pensé que habíamos entrado en el infierno. Imaginad una habitación de doce pasos de largo y otros tantos de ancho, en la que se apretujaban, quizá, hasta cien personas a la vez, o, por lo menos, ochenta, puesto que habían separado a los presos en dos tandas y, en total, habíamos ido a los baños unos doscientos. El vapor cegaba los ojos, reinaban el tufo y la mugre. Era tal la estrechez que no había donde poner un pie. Sentí pánico y quise volverme atrás, pero Petrov me dio ánimos entonces. De algún modo, con grandísimas dificultades, nos abrimos paso hasta un banco, por entre cabezas de gente sentada en el suelo, rogándoles que se agachasen para que pasáramos. Pero todos los asientos de los bancos estaban ocupados. Petrov me dijo que había que comprar un sitio, y al instante entró en tratos con un preso que estaba sentado junto a una ventanilla. Por un kopek cedió su puesto, recibió al momento el dinero que Petrov había llevado previendo eso, apretado en el puño, e inmediatamente se metió debajo del banco, justo debajo de mi sitio, donde todo estaba oscuro, sucio y había una mugre viscosa de más de medio dedo de espesor. Incluso los sitios de debajo de los bancos estaban ocupados; allí también se amontonaba la gente. En todo el suelo no había ni un solo palmo en el que no estuviesen los presos encorvados, echándose agua de sus cubos. Otros estaban entre ellos erguidos y, sosteniendo el cubo en la mano, se lavaban de pie; el agua sucia se escurría directamente de sus cuerpos a las cabezas rapadas de los que estaban sentados en el suelo. En el banco superior y en todos los peldaños que conducían a él, había gente sentada, apretujada y encorvada, que se estaba lavando. Pero se lavaban poco. La gente del pueblo se lava poco con agua caliente y jabón; lo que hace es sudar mucho y luego echarse encima agua fría, y ése es todo su baño. Unos cincuenta manojos de ramas de abedul subían y bajaban a la vez en el banco superior; todos se azotaban hasta el paroxismo. Echaban vapor cada minuto. Aquello no era calor: era un infierno. Todo vibraba y retumbaba con el ruido de las cien cadenas que se arrastraban por el suelo. Algunos, queriendo pasar, se enredaban en los grilletes de otros y tropezaban con las cabezas de los que estaban sentados abajo, se caían, blasfemaban y tiraban de aquéllos con los que habían tropezado. El agua sucia corría por todas partes. Todos estaban en un estado de embriaguez, de excitación; resonaban los gritos y los chillidos. Junto a la ventanilla del vestíbulo, a través de la cual daban el agua caliente, había insultos y empujones, toda una refriega. El agua caliente recibida se vertía sobre las cabezas de los que estaban sentados en el suelo, antes de llegar a su destino. De cuando en cuando, por la ventana o por la puerta entreabierta asomaba el bigotudo rostro de un soldado que, fusil en mano, vigilaba si había algún desorden. Las cabezas rapadas y los cuerpos de los presos, enrojecidos por el vapor, parecían aún más monstruosos. En las espaldas sometidas al vapor suelen destacar con mayor claridad las cicatrices de los latigazos y palos recibidos, de tal modo que aquellas espaldas parecían ahora recién fustigadas. ¡Qué terribles cicatrices! Sentí escalofríos al verlas. Soltaban más vapor y se formaba una nube densa, ardiente en la sala; todos chillaban y gritaban. De entre la nube se distinguían espaldas apaleadas, cabezas rapadas, manos y pies torcidos. Para completar el cuadro, Isái Fómich chillaba con toda su fuerza en el banco más alto. Sudaba hasta casi perder el sentido, pero, al parecer, no había calor que pudiera saciarle; por un kopek contrataba a un preso para que le azotara la espalda, pero éste acababa tirando las ramas y corría a echarse por encima un cubo de agua fría. Isái Fómich no se apuraba y contrataba a un segundo, a un tercero; en tales casos no reparaba en gastos y llegaba a cambiar hasta cinco veces de azotador. «El baño de vapor es sano. ¡Bravo, Isái Fómich!», le gritaban desde abajo los presos. Isái Fómich sentía en ese instante que estaba por encima de los demás, que había derrotado a todos; adoptaba un aire triunfal y con voz chillona y alocada, entonaba su aria: «La-la-la-la-la», que sepultaba todas las voces. Me vino a la cabeza la idea de que si todos nosotros estuviésemos juntos en el infierno, habría de parecerse mucho a aquel sitio. No pude resistir la tentación de comunicar aquella idea a Petrov; él se limitó a mirar a su alrededor y a callarse.