Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Yo quería comprarle un sitio junto al mío, pero él se sentó a mis pies y me dijo que estaba muy a gusto. Baklushin, entretanto, nos compraba agua y nos la traía cuando la necesitábamos. Petrov me anunció que iba a lavarme de pies a cabeza: «Así quedará limpito», y me aconsejó insistentemente que tomase un baño de vapor, pero yo no me atreví. Petrov me enjabonó y me frotó todo el cuerpo. «Y ahora voy a lavarle los piececitos», añadió para concluir. Yo iba a responderle que podía lavármelos yo solo, pero no quise contradecirle, y me entregué a su voluntad. En el diminutivo «piececitos» no percibí ningún matiz de servilismo; era, sencillamente, que Petrov no podía llamar pies a mis pies, sin duda porque los demás, la gente verdaderamente mayor, tenía pies, y yo, sólo piececitos.
Después de lavarme con tales ceremonias, es decir, llevándome del brazo y previniéndome a cada paso, como si yo fuese de porcelana, me condujo al vestíbulo, me ayudó a ponerme la ropa interior y, cuando hubo terminado completamente conmigo, volvió a la sala de baños a tomar el vapor.