Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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No conozco a persona más agradable que Baklushin. Es verdad que mantenía a raya a los demás, que incluso discutía con frecuencia, que no le gustaba que se metieran en sus cosas; en una palabra, que sabía cuidar de sí mismo. Pero no discutía mucho tiempo y, al parecer, todos le querían. Dondequiera que iba le acogían con agrado. Hasta en la ciudad le conocían como al hombre más divertido del mundo y que nunca perdía el buen humor. Era un tipo alto, de unos treinta años, de cara audaz y sencilla, bastante guapo y con una verruga. Esta cara la deformaba a veces de manera tan cómica para imitar a quien fuera que los que le rodeaban no podían contener la risa. Era también uno de los bromistas; pero no cedía ni un ápice ante los desdeñosos enemigos de la risa, de modo que nadie le reprochaba ser un hombre «vacío e inútil». Estaba lleno de fuego y vida. Entabló amistad conmigo desde los primeros días y me contó que era hijo de soldado, que había servido en los zapadores y que le distinguían y estimaban algunos altos personajes, y, al recordarlo, se sentía muy orgulloso de ello. A mí enseguida se puso a preguntarme sobre Petersburgo. Incluso leía libros. Al venir a tomar el té conmigo, empezó por hacer reír a todo el barracón, al contar cómo el teniente Sh. le había dado lo suyo aquella mañana a nuestro mayor, y, una vez sentado a mi lado, me contó con cara de alegría que habría una función de teatro. En el penal se representaban obras de teatro los días de fiesta. Contaban con actores y construían poco a poco los decorados. Algunos de la ciudad habían prometido dar sus trajes para los papeles, incluso para los femeninos; hasta esperaban hacerse, con ayuda de un encargado, con un uniforme de oficial con charreteras. Lo único que faltaba es que al mayor no se le ocurriera prohibirlo, como el año pasado. Pero el año anterior, por Navidad, el mayor no estaba de buen humor: había perdido en el juego y, además, en el penal no se habían portado muy bien, por lo que fue y prohibió la función. Pero ahora quizá no quería aguar la fiesta. En una palabra, Baklushin estaba muy excitado. Se veía que él era uno de los principales promotores de la representación teatral, y yo, entonces, le prometí que asistiría sin falta a la función. La alegría ingenua de Baklushin por el éxito del teatro me llegó al alma. Poco a poco, nuestra conversación se animó. Entre otras cosas, me contó que no siempre había prestado servicio en Petersburgo, que estando allí cometió cierta falta y le destinaron como suboficial a R., a un batallón de guarnición.


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