Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Desde allà me mandaron aquà —observó Baklushin.
—Y ¿por qué? —le pregunté.
—¿Por qué?
—¿Por qué cree usted, Alexánder Petróvich? Pues porque me enamoré.
—Vamos, vamos, por eso todavÃa no mandan a nadie aquà —repliqué sonriendo.
—La verdad es —añadió Baklushin—, la verdad es que, por eso, le pegué un tiro a un alemán. Pero, por un alemán, ¿es que vale la penar deportar a alguien? ¡Juzgue usted mismo!
—Bueno, ¿cómo fue eso? Cuéntemelo, que es curioso.
—Es una historia bastante ridÃcula, Alexánder Petróvich.
—Mejor aún. Cuéntemela.
—¿Se la cuento? Bueno, pues escuche…
Escuché la historia, nada ridÃcula, pero sà bastante extraña, de un asesinato…