Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —La cosa fue asà —empezó Baklushin—. Cuando me destinaron a R., veo una ciudad grande, bonita, sólo que con muchos alemanes. Bueno, yo, claro, era joven todavÃa, estaba bien visto por los jefes. Me paseo con la gorra ladeada, para pasar el rato, ya entiende. Les guiño el ojo a las alemanas. Me gustó una alemana, Luisa. Ella y su tÃa eran lavanderas, dejaban la ropa más blanca y limpia que nadie. La tÃa era una vieja presumida, y vivÃan holgadamente. Yo, al principio, rondaba su ventana, pero luego hice buenas migas con ella. Luisa también hablaba bien el ruso, aunque con acento alemán, y era tan linda como no he visto otra igual. Yo, al principio, iba al grano, pero ella me decÃa: «No, eso no puede ser, Sasha[50], porque quiero conservar toda mi inocencia para ser digna esposa tuya», y sólo me acariciaba; tenÃa una risa tan sonora… además, era tan pura como nunca vi otra igual. Ella querÃa que nos casáramos. ¡Cómo no iba a casarme, figúrese! Entonces, me preparo para ir a ver al coronel con mi petición… De pronto, veo que Luisa no acude a la cita; la segunda vez, no viene; la tercera, no se presenta… Le mando una carta, pero no responde a la carta. «¿Qué pasa?», pienso. Si me engañase, serÃa más astuta y contestarÃa a mi carta y vendrÃa a las citas. Pero ella no sabÃa mentir y, por eso, simplemente cortó. Esto es cosa de la tÃa, pienso. Pero no me atrevÃa a ir a su casa. Aunque ella sabÃa lo nuestro, nosotros nos veÃamos a escondidas. Me acaloro tanto que le escribo la última carta y le digo: «Si no vienes, iré a casa de tu tÃa». Ella se asustó y vino. Llora: me dice que hay un alemán, Schultz, un pariente lejano, relojero, rico y ya entrado en años, que quiere casarse con ella, «para hacerme feliz —me dice— y no quedarse sin mujer en la vejez; me quiere y hace ya tiempo que tenÃa esa intención, sólo que no decÃa nada y se preparaba. Mira, Sasha —me dice—, él es rico y me hará feliz; ¿serÃas tú capaz de privarme de mi felicidad?». La miro: ella llora, me abraza… «¡Ah —pienso—, ella tiene razón! ¿Qué sacará casándose con un soldado, aunque sea suboficial?» «Bueno, Luisa, adiós —le digo—, queda con Dios, no quiero privarte de tu felicidad. Y él, ¿es guapo?» «No —dice—; es viejo, con una nariz larga…» Y se echó a reÃr. La dejé; bueno, pienso, ése no es mi destino. A la mañana siguiente pasé por la relojerÃa, pues ella me habÃa dicho la calle. Miro el escaparate: hay un alemán sentado, hace relojes, de unos cuarenta años, nariz corva, ojos saltones, vestido con un frac de cuello largo y duro, con aire de hombre importante. Escupà de rabia; me dieron ganas de romperle la luna… «Pero ¿para qué? —pensé—. Será mejor dejarlo estar y asunto concluido». Llegué al cuartel al anochecer, me tendà en mi cama y, créame, Alexánder Petróvich, me eché a llorar… Bueno, paso un dÃa asÃ, y otro, y luego otro. No veo a Luisa. Entretanto, una comadre (una vieja, también lavandera, a la que visitaba de vez en cuando Luisa) me contó que el alemán estaba enterado de nuestros amores y que por eso habÃa decidido pedir su mano cuanto antes. De no ser asÃ, habrÃa aguardado otros dos años. HabÃa hecho jurar a Luisa que no volverÃa a verme. Me dijo que, al parecer, las maltrataba y que era capaz de cambiar de idea, porque todavÃa no estaba decidido del todo. Me dijo también que dos dÃas más tarde, el domingo por la mañana, las habÃa invitado a tomar café en su casa y que asistirÃa un pariente suyo, un viejo que habÃa sido comerciante y que ahora era más pobre que las ratas y trabajaba de guarda en un sótano. Al enterarme de que el domingo, quizá, decidirÃan todo, no pude contenerme de la rabia que me entró. Aquel dÃa y el siguiente no hice otra cosa que pensar en eso. Creo que era capaz de comerme vivo al alemán.