Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »El domingo por la mañana aún no sabía yo nada, pero, al terminar la misa, me levanté de pronto, me puse el capote y me dirigí a casa del alemán. Pensaba encontrarlos allí a todos. ¿Por qué me dirigí a casa del alemán y qué quería decirles? Ni yo mismo lo sabía. Pero, por si acaso, me metí la pistola en el bolsillo. Era una pistola pequeña, vieja, con un gatillo de los de antes; ya de chico tiraba con ella. Ahora ya no disparaba. Sin embargo, le metí una bala. Pienso: intentarán echarme, se armará la bronca, entonces, saco la pistola y les doy a todos un buen susto. Llego. En el taller no hay nadie, todos están sentados en la trastienda. Salvo ellos, no hay nadie, ningún criado. Él sólo tenía una criada alemana, que le servía también de cocinera. Atravieso la tienda y veo la puerta cerrada, pero era una puerta muy vieja, con un pestillo. El corazón me da un vuelco; me paro, escucho: hablan en alemán. Doy una patada con todas mis fuerzas y la puerta se abre de par en par. Miro: la mesa está puesta. Encima de la mesa hay una cafetera grande y bizcochos. El café hierve en un infiernillo. En otra bandeja, una jarrita de aguardiente, arenques, salchichón y una botella de no sé qué vino. Luisa y su tía, muy arregladas, están sentadas en el diván. Frente a ellas, en una silla, estaba el alemán, el novio, muy repeinado, con frac y cuello duro, con los picos levantados. A un lado, en otra silla, estaba callado el otro alemán, un viejo gordo y canoso. Al entrar yo, Luisa se quedó pálida. La tía dio un respingo y volvió a sentarse. El alemán, furioso, frunció el ceño, se levantó y salió a mi encuentro: