Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »—¿Qué desea usted?
»—Me quedé algo desconcertado, pero sentÃa una rabia enorme.
»—¿Que qué deseo? Recibe a tu invitado y ofrécele de beber. He venido de visita.
»El alemán se lo pensó un poco y dijo:
»—Siéntese.
»Me senté.
»—Dame —le digo— un poco de aguardiente.
»—Aquà tiene —me dice— aguardiente; beba si gusta.
»—Buen aguardiente me has dado —digo, preso de la ira.
»—Es un buen aguardiente.
»Me ofendÃa que me tratara de aquella forma tan rastrera. Y lo peor de todo es que Luisa nos miraba. Me lo bebo y le digo:
»—¿Por qué eres tan grosero, alemán? Tú debes ser mi amigo. He venido a verte para que seamos amigos.
»— Yo no puedo ser amigo suyo —me dice—; usted es un simple soldado.
»Al oÃr eso me llevaron los demonios.
»—¡Y tú eres un espantapájaros! —digo—. ¡Salchichero! ¿Sabes que en este momento puedo hacer contigo lo que quiera? ¿Quieres que te pegue un tiro?