Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »Saqué la pistola, me planté delante de él y le puse el cañón en la cabeza, a bocajarro. Los demás estaban más muertos que vivos, no se atrevían a decir ni pío; y el viejo temblaba como un flan, sin abrir la boca, completamente pálido.
»El alemán se quedó sorprendido; sin embargo, recobró el ánimo.
»—Yo a usted no le temo —dice—, y le pido, como hombre educado, que se deje de bromas ahora mismo. No le temo en absoluto.
»—¡Mientes! ¡Tienes miedo!
»Tenía tanto miedo que no se atrevía a mover la cabeza; bajo la pistola, y seguía sentado en la silla.
»—No —dice—; usted no se atreverá a hacer eso.
»—Y ¿por qué —le digo— no habría de atreverme?
»—Pues porque lo tiene terminantemente prohibido y porque recibiría un severo castigo.
»¡A aquel imbécil de alemán se lo llevaba el diablo! Si no me hubiese quemado la sangre, ahora estaría vivo. Por esa disputa vino todo.
»—Entonces —digo—, ¿crees que no me atrevo?
»—¡No!
»—¿No me atrevo?