Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Finalmente llegaron las fiestas de Navidad. Ya en Nochebuena apenas salieron los presos a trabajar. Fueron únicamente a la sastrería y a los talleres; los demás se presentaron al recuento y, aunque les destinaron a algunos sitios, casi todos, solos o en grupos, regresaron pronto al penal, y después de la comida ya no salió nadie. Ya por la mañana la mayoría había salido para ocuparse de sus propios asuntos: unos, para tratar de que les pasaran vodka o para encargar más; otros, para ver a sus compadres y comadres o cobrar para las fiestas las deudas por los trabajos efectuados; Baklushin y los que iban a actuar en el teatro, para visitar a algunos conocidos, sobre todo criados de los oficiales, y procurarse los trajes necesarios. Algunos andaban con aire de preocupación y ajetreo, sólo porque otros estaban preocupados y atareados, y, aunque algunos no iban a conseguir dinero de ningún sitio, parecía como si también fueran a recibirlo de alguien. En resumen: todos parecían esperar para el día siguiente algún cambio, alguna cosa extraordinaria. Por la tarde, los inválidos que habían ido al mercado con los encargos de los presos trajeron multitud de víveres de todas clases: carne de vaca, cochinillos y hasta gansos. Muchos presos, incluso los más humildes y ahorradores, que habían ido guardando todo el año sus kopeks, consideraban un deber hacer un dispendio ese día y celebrar de un modo digno la comida de Navidad. El día siguiente era un verdadero e inalienable día de fiesta para los presos, reconocido formalmente por la ley. Aquel día no se podía enviar a los presos a trabajar, y días así solo había tres en todo el año[52].