Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Y, por último, ¡quién sabe cuántos recuerdos debían revivirse en las almas de aquellos proscritos al acercarse aquel día! Las grandes festividades dejan desde la infancia una fuerte huella en la memoria de la gente sencilla. Son días de descanso de sus duras labores, días en que se reúne la familia. En el presidio debían ser recordados con pena y pesar. El respeto de ese día solemne se manifestaba hasta en algunas formalidades; pocos se emborrachaban; todos estaban serios y parecían ocupados haciendo algo, aunque muchos no tenían nada que hacer. Hasta los holgazanes y jaraneros se esforzaban por conservar cierto aire de gravedad… Parecía que la risa estuviese prohibida. En general, la actitud de los presos rayaba en la susceptibilidad y en una irritante intolerancia, y aquel que contravenía esa tónica general, aunque fuera sin intención, era reconvenido al instante con gritos e insultos y se enojaban con él como si hubiese faltado al respeto a la fiesta de Navidad. Esa actitud de los presos era admirable y hasta conmovedora. Aparte de la innata veneración por ese gran día, los presos inconscientemente presentían que, observando esa fiesta, se relacionaban con todo el mundo, que no estaban proscritos del todo, perdidos para siempre, amputados de la sociedad, y que lo que pasaba en el penal era lo mismo que pasaba en las casas de la gente. Así lo sentían: era evidente y comprensible.


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