Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Akim Akímich también se preparaba mucho para la fiesta. No tenía recuerdos familiares, pues se había criado huérfano en una casa ajena y, apenas cumplidos los quince años, había entrado en el duro servicio militar. Tampoco había habido en su vida grandes alegrías, ya que había llevado una existencia regular, monótona, temeroso de apartarse lo más mínimo de los deberes fijados. Tampoco era muy religioso, porque las leyes morales parecían absorber sus demás dotes y particularidades humanas, todas sus pasiones y todos sus deseos, tanto buenos como malos. Por consiguiente, se disponía a celebrar ese día solemne sin alterarse, sin emocionarse y sin atormentarse con recuerdos tristes y completamente inútiles, sino con esa moral tranquila, metódica, que venía a ser cuanto él necesitaba para el cumplimiento del deber y del rito fijado de una vez por todas. Además, en general, no le gustaba pensar mucho las cosas. El significado de un hecho no parecía haber interesado nunca a su cabeza, pero una vez que le fijaban una regla, la cumplía con sagrada precisión. Si al día siguiente le hubieran ordenado hacer exactamente lo contrario, lo habría hecho con la misma obediencia y cuidado con que había hecho lo opuesto la víspera. Una vez, sólo una vez en la vida, se había atrevido a obrar por su cuenta, y había ido a parar al presidio. La lección no le fue en balde. Y aunque no quiso el destino que comprendiera en qué había obrado mal, extrajo de su aventura una regla salvadora: no razonar nunca y bajo ninguna circunstancia, porque razonar «no era cosa de su cabeza», como decían los presos entre sí. Ciegamente devoto del rito, incluso a su cochinillo de Navidad que había rellenado de kasha y asado (por su propia mano, pues sabía asar) lo miraba con una especie de respeto previo, como si no fuese un cochinillo corriente que siempre se podía comprar y asar, sino uno especial, para la fiesta. Quizá Akim Akímich se había acostumbrado desde pequeño a ver ese día en la mesa un cochinillo y pensaba que en Navidad había que comer cochinillo; estoy seguro de que, si alguna vez no hubiese comido cochinillo en ese día, le habría quedado para toda su vida cierto remordimiento de conciencia por el deber incumplido. Hasta el día de la fiesta fue con su viejo chaquetón y sus viejos pantalones, aunque decentemente arreglados, pero totalmente raídos. Al parecer, había guardado celosamente en su baúl el traje nuevo que le habían entregado cuatro meses antes, sin llegar a ponérselo, con la seductora idea de estrenarlo solemnemente el día de Navidad. Así lo hizo. Ya la víspera sacó su traje nuevo, lo extendió, lo examinó, lo cepilló, lo limpió y, una vez realizados todos esos preparativos, se lo probó. El traje le sentaba muy bien; todo estaba bien cosido, se podía abrochar hasta arriba; el cuello, como si fuera de cartón, sostenía alta la barbilla; el talle estaba fruncido como los uniformes militares. Akim Akímich sonrió satisfecho y no sin presunción se volvió hacia su minúsculo espejo, al cual había puesto, hacía ya mucho tiempo, por su propia mano y en sus ratos libres, un reborde dorado. Sólo una presilla del cuello del chaquetón parecía no estar en su sitio. Al darse cuenta de ello, Akim Akímich decidió colocarla de nuevo; la colocó, se probó otra vez el traje y ya encontró todo bien. Entonces puso todo como estaba antes y, ya tranquilo, lo guardó en el baúl hasta la mañana siguiente. Su cabeza estaba rapada de manera satisfactoria, pero, al mirarse atentamente en el espejo, notó que no estaba completamente lisa; le pareció ver algunos pelillos y acudió inmediatamente al «Mayor» para que le rapase bien y como era debido, según el reglamento. Y aunque nadie pasaría revista a Akim Akímich al día siguiente, él se rapó para tener la conciencia tranquila, para cumplir con su deber en ese día. La devoción por los botones, las charreteras y los ojales se había grabado desde la infancia de un modo indeleble en su mente como un deber indiscutible y, en su corazón, como la imagen del más alto grado de belleza a que puede llegar un hombre honrado. Después de arreglarlo todo, Akim Akímich, como preso responsable del barracón, dio la orden de que llevaran el heno y vigiló atentamente cómo lo esparcían por el suelo. Lo mismo hicieron en los demás barracones. No sé por qué, pero en Navidad siempre esparcían heno por los barracones. Luego, una vez realizadas todas sus labores, rezó, se tendió en su jergón y concilió el sueño al instante, cual recién nacido, para despertarse lo más temprano posible a la mañana siguiente. Lo mismo hicieron los demás presos. En todos los barracones se acostaron más temprano que de costumbre. Los trabajos que solían hacer por las tardes se suspendieron; el maidán ni siquiera se mencionó. Todos aguardaban la mañana siguiente.