Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Llegó por fin esa mañana. Muy temprano, antes de amanecer, apenas tocaron diana, se abrieron las puertas de los barracones, y al entrar a contar los presos el suboficial de guardia les deseó a todos feliz Navidad. «Igualmente», le contestaron los presos, amables y corteses. Después de rezar rápidamente, Akim Akímich y muchos otros que tenían sus gansos y sus cochinillos en la cocina corrieron a ver qué hacían con ellos, cómo los asaban, dónde los habían puesto, etc. A través de la oscuridad, por los ventanucos de nuestro barracón, obstruidos por la nieve y el hielo, se podía ver cómo en las dos cocinas y en los seis hornos ardía un fuego vivo, encendido desde antes del amanecer. Por el patio, a oscuras, andaban ya los presos con sus pellizas puestas o colocadas sobre los hombros; todos se dirigían a la cocina. Algunos pocos habían tenido ya tiempo de visitar a los taberneros. Eran los más impacientes. En general, todos observaban una actitud muy digna, muy serena e inusualmente correcta. No se oían los insultos y las disputas de costumbre. Todos comprendían que era un día grande y una gran fiesta. Había quienes iban a otros barracones a felicitar a alguno de los suyos. Se manifestaba algo parecido a la amistad. Señalaré, de paso, que entre los presos apenas se advertía amistad alguna; no hablo ya de la amistad en general, sino de la amistad particular de un preso con otro. Ésta casi no existía entre nosotros, y éste es un rasgo notable: no sucede así en libertad. En general, todos eran duros y secos en el trato con los demás, con muy raras excepciones, y ése era el tono formal, aceptado y adoptado desde siempre y para siempre. Yo también salí del barracón; comenzaba a hacerse de día; las estrellas palidecían; una bruma tenue y helada se elevaba. De las chimeneas de los hornos de la cocina ascendían volutas de humo. Algunos de los presos con los que me crucé me felicitaron las Pascuas, amable y afectuosamente. Les di las gracias y les contesté del mismo modo. Algunos de ellos no habían intercambiado conmigo ni una sola palabra en todo el mes.


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