Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Justo a la entrada de la cocina me alcanzó un preso del barracón militar, con la pelliza al hombro. Me había visto ya a mitad del patio, y me gritó: «¡Alexánder Petróvich! ¡Alexánder Petróvich!». Él iba corriendo a la cocina y tenía prisa. Yo me detuve y le esperé. Era un chico joven, de cara redonda y mirada apacible, que hablaba muy poco con los demás, y que a mí no me había dirigido ni una sola vez la palabra ni prestado ninguna atención desde los tiempos de mi ingreso en el penal; ni siquiera sabía cómo se llamaba. Llegó jadeando y se plantó delante de mí, mirándome con una sonrisa torpe y al mismo tiempo beatífica.

—¿Qué quiere? —le pregunté, no sin cierto asombro, al verle plantado delante de mí, sonriendo y mirándome con ojos como platos, pero sin decir nada.

—Es que es fiesta… —balbuceó, y cayendo en la cuenta de que no tenía nada más que decir, me dejó y se dirigió aprisa a la cocina.

Señalaré aquí, por cierto, que después de eso nunca más coincidí con él y prácticamente no cruzamos ni una palabra hasta que salí del penal.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker