Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Justo a la entrada de la cocina me alcanzó un preso del barracón militar, con la pelliza al hombro. Me habÃa visto ya a mitad del patio, y me gritó: «¡Alexánder Petróvich! ¡Alexánder Petróvich!». Él iba corriendo a la cocina y tenÃa prisa. Yo me detuve y le esperé. Era un chico joven, de cara redonda y mirada apacible, que hablaba muy poco con los demás, y que a mà no me habÃa dirigido ni una sola vez la palabra ni prestado ninguna atención desde los tiempos de mi ingreso en el penal; ni siquiera sabÃa cómo se llamaba. Llegó jadeando y se plantó delante de mÃ, mirándome con una sonrisa torpe y al mismo tiempo beatÃfica.
—¿Qué quiere? —le pregunté, no sin cierto asombro, al verle plantado delante de mÃ, sonriendo y mirándome con ojos como platos, pero sin decir nada.
—Es que es fiesta… —balbuceó, y cayendo en la cuenta de que no tenÃa nada más que decir, me dejó y se dirigió aprisa a la cocina.
Señalaré aquÃ, por cierto, que después de eso nunca más coincidà con él y prácticamente no cruzamos ni una palabra hasta que salà del penal.