Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En la cocina, junto a los hornos que ardían al rojo vivo, entre apretones y empujones, bullía el gentío. Cada cual cuidaba de lo suyo. Los cocineros andaban ocupados preparando el rancho, porque ese día la comida empezaba más temprano. Por lo demás, nadie había empezado aún a comer, aunque muchos lo deseaban, pero guardaban las formas ante los demás. Esperaban la llegada del sacerdote, tras la cual se rompería el ayuno. Entretanto, antes de que se hiciera totalmente de día, empezaron a resonar tras el portalón del presidio los gritos del cabo: «¡Cocinero!». Esos gritos sonaban casi a cada minuto y continuaron a lo largo de dos horas. Llamaban a los cocineros para que se hicieran cargo de los donativos que traían desde todos los rincones de la ciudad. Llegaban en cantidades extraordinarias en forma de rosquillas, panes, quesadillas, tortas, roscones, hojuelas y otras pastas. Creo que no quedó ninguna mujer de comerciante o de artesano que no enviase su pan de Pascua para felicitar por la gran fiesta a los desgraciados y recluidos. Había donativos ricos: pastas de la mejor harina, enviadas en grandes cantidades. Había también donativos pobres, tales como una rosquilla de un grosh y dos roscones de centeno, con muy poca crema; ése era el donativo que hacía un pobre a otro pobre con sus últimos dineros. Todo se aceptaba con igual gratitud, sin hacer distinciones entre los donativos ni entre los donantes. Los presos que los recibían se quitaban los gorros, saludaban, felicitaban las Pascuas y llevaban los donativos a la cocina. Cuando ya se habían reunido montones enteros de panes de Pascua, se llamaba a los responsables de todos los barracones y ellos los distribuían a partes iguales en cada barracón. No había discusiones ni disputas; el reparto se hacía honradamente, por igual. Lo que correspondió a nuestro barracón, lo repartimos entre nosotros; se ocuparon de ello Akim Akímich y otro preso; lo hicieron por su propia mano y por su propia mano dieron a cada cual su parte. No hubo la más pequeña discusión ni la menor envidia por parte de nadie; todos quedaron contentos; ni siquiera podía existir la sospecha de que pudiesen esconder los donativos o no repartirlos por igual. Tras arreglar sus asuntos en la cocina, Akim Akímich procedió a lavarse y se vistió pomposa y solemnemente, sin dejar ninguna hebilla sin abrochar. Acto seguido, se puso a rezar. Estuvo rezando bastante tiempo. Muchos presos, sobre todos los mayores, también rezaban. Los jóvenes rezaban poco: todo lo más, alguno de ellos se persignaba al levantarse, y eso por ser fiesta. Después de rezar, Akim Akímich se acercó a felicitarme solemnemente las Pascuas. Le invité a tomar el té y él a mí a su cochinillo. Poco después vino a felicitarme Petrov. Me dio la impresión de que había bebido y, aunque llegó jadeando, apenas dijo nada, se quedó unos instantes delante de mí como esperando algo y se fue enseguida a la cocina. Entretanto, en el barracón militar se preparaban para recibir al sacerdote. Ese barracón estaba construido de manera diferente a los demás: en él los camastros estaban alineados a lo largo de las paredes y no en el centro de la sala, como en los demás barracones, de tal modo que era la única sala de todo el penal sin nada que estorbase en el centro. Probablemente la habían construido así para que, en caso necesario, se pudiera reunir a los presos. En medio de la sala pusieron un icono y encendieron una lamparilla. Por último llegó el sacerdote con la cruz y el agua bendita. Después de orar y cantar ante la imagen, se puso delante de los presos y todos, con devoción sincera, se fueron acercando a besar la cruz. Acto seguido, el sacerdote recorrió todos los barracones y los roció de agua bendita. En la cocina alabó nuestro pan de la prisión, famoso por su buen sabor en toda la ciudad, y los presos se ofrecieron al instante a enviarle dos panes tiernos, recién sacados del horno; enseguida quedó encargado de llevárselos un inválido. Despidieron la cruz con la misma devoción con que la habían recibido. Instantes después llegaron el mayor y el comandante. Los presos querían y respetaban al comandante. Recorrió todos los barracones acompañado del mayor, felicitando a todos las Pascuas, se acercó a la cocina y probó el schi del rancho. Las sopas de schi eran célebres, pues aquel día llevaban casi una libra de carne de vaca para cada preso. Además, había kasha[53], y manteca a discreción. Tras acompañar al comandante, el mayor dio la orden de empezar a comer. Los presos se esforzaban por no llamar su atención. No les gustaba su mirada maligna por debajo de las lentes, con la que incluso en aquel momento pasaba revista a diestro y siniestro, por si encontraba algún desorden o descubría a algún culpable.