Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Empezaron a comer. El cochinillo de Akim Akímich estaba muy bien asado. No acierto a explicarme cómo sucedió aquello: apenas cinco minutos después de que se marchara el mayor, había mucha gente borracha, y sin embargo, cinco minutos antes, casi todos estaban completamente sobrios. Aparecieron muchos rostros colorados y relucientes, aparecieron unas balalaikas. El polaco del violín andaba ya detrás de un juerguista, contratado para todo el día, y le tocaba danzas alegres. Las conversaciones se hicieron más ruidosas y agitadas. Pero la comida acabó sin grandes desórdenes. Todos estaban ahítos. Muchos de los viejos y de los serios se fueron enseguida a dormir, lo que hizo también Akim Akímich, estimando, al parecer, que en un día de fiesta mayor había que echar una siesta después de comer. El anciano que provenía de la comunidad de viejos creyentes de Starodub, después de dormitar un poco, se subió a la estufa, abrió su libro, y estuvo rezando hasta bien entrada la noche, casi sin interrupción. Se le hacía arduo mirar aquella «vergüenza», como él decía, refiriéndose a la diversión general de los presos. Todos los cherqueses se habían sentado en el porche y miraban con curiosidad, y también con cierto asco, a los borrachos. Me encontré a Nurra: «¡Yamán, yamán[54]! —me dijo, meneando la cabeza con piadosa indignación—. ¡Alá se enfadará!». Isái Fómich, terco y altivo, encendió una vela en su rincón y se puso a trabajar, dando a entender que no le importaba nada aquella fiesta. En varios rincones empezaron los maidanes. No tenían miedo de los inválidos y, por si acaso aparecía el suboficial, que, sin embargo, procuraba hacer la vista gorda, pusieron a algunos a vigilar. El oficial de guardia apareció tres veces por el penal en todo el día. Pero, al verle, escondían a los borrachos, desmantelaban los maidanes y el propio oficial, al parecer, había decidido no prestar atención a las pequeñas infracciones. La borrachera no se consideraba aquel día falta grave. Poco a poco la gente fue bebiendo. Comenzaron también las discusiones. No obstante, la mayoría se mantuvo serena, y había quienes cuidaban de los borrachos. Éstos, en cambio, bebían sin medida. Gazin triunfaba. Andaba con aire satisfecho en torno a su sitio en el camastro, bajo el cual había puesto atrevidamente el vodka que tenía escondido hasta entonces entre la nieve, por detrás de los barracones, en un lugar secreto, y sonreía maliciosamente al ver acercarse a sus clientes. Él estaba sobrio y no bebía ni gota. Tenía intención de emborracharse al final de la fiesta, después de dejar vacíos de dinero los bolsillos de los presos. En los barracones la gente cantaba. Pero la borrachera había degenerado ya en una embriaguez sofocante y de las canciones se pasaba fácilmente a las lágrimas. Muchos andaban de acá para allá con sus propias balalaikas, con las pellizas al hombro, y rasgaban las cuerdas con cara de matones. En la sección especial llegó a formarse un coro compuesto de ocho hombres. Cantaban muy bien, con acompañamiento de balalaikas y guitarras. Cantaban muy pocas canciones propiamente populares. Sólo recuerdo una alegre tonadilla:


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