Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Los trabajos forzados eran, no una ocupación, sino una obligación: el preso cumplía su tarea o pasaba las horas legales de trabajo y volvía al penal. Miraban el trabajo con odio. Sin una ocupación particular y propia, a la que poder entregarse con toda su inteligencia, con todo su empeño, el hombre no podría vivir en prisión. Además, ¿de qué otra manera toda aquella gente instruida, que había vivido intensamente y que ansiaba vivir, amontonada a la fuerza, arrancada a la fuerza de la sociedad y de la vida normal, habría podido llevar allí una vida normal y regular por su propia voluntad e impulso? El mero hecho de estar ociosos habría fomentado en ellos inclinaciones criminales de las que ni siquiera se tenía noción. Sin trabajo y sin una propiedad legítima y normal, el hombre no puede vivir, se pervierte y se transforma en una bestia. Por eso, por una necesidad natural y por una especie de instinto de supervivencia, cada preso tenía un oficio y una ocupación. En verano, los largos días se ocupaban casi por completo con los trabajos forzados; las noches eran tan cortas que apenas si daba tiempo a dormir. Mas, en invierno, los presos, según las ordenanzas, debían ser encerrados apenas oscurecía. ¿Qué hacer en las largas y aburridas noches de invierno? Así pues, casi todos los barracones se transformaban, a pesar de estar prohibido, en inmensos talleres. En realidad, el trabajo en sí y las ocupaciones no estaban prohibidos; lo que estaba severamente prohibido en el penal era tener herramientas propias y, sin ellas, era imposible trabajo alguno. Pero trabajaban a hurtadillas, y los jefes, en algunas ocasiones, hacían la vista gorda. Muchos reclusos llegaban al presidio sin saber hacer nada, pero aprendían de los demás y luego salían en libertad convertidos en buenos maestros. Había zapateros, sastres, carpinteros, cerrajeros, orfebres y plateros. Había un judío, Isái Bumstein, que era joyero y usurero. Todos trabajaban y ganaban algunos kopeks. Los encargos de trabajo venían de la ciudad. El dinero es libertad contante y sonante, y por esto, para el hombre que está privado de libertad, vale diez veces más. Si lo oye tintinear en su bolsillo, le sirve de consuelo, aunque no pueda gastarlo. Pero el dinero se puede gastar siempre y en todas partes, tanto más cuanto que el fruto prohibido sabe mejor. En el penal incluso se podía conseguir vodka. Las pipas estaban severamente prohibidas, pero todos fumaban en pipa. El dinero y el tabaco salvaban del escorbuto y de otras enfermedades. El trabajo salvaba del crimen: sin el trabajo, los presos se habrían devorado unos a otros, como arañas en un tarro. A pesar de ello, el trabajo y el dinero estaban prohibidos. Con frecuencia, por las noches, hacían registros y requisaban todo lo que estaba prohibido y, por muy escondido que estuviese el dinero, a veces lo encontraban. Debido, en parte, a eso, los presos no lo ahorraban, sino que se apresuraban a gastárselo en bebida; por ese motivo había hasta vodka en el presidio. Después de cada registro, el culpable era privado de todo cuanto poseía y solía sufrir un doloroso castigo. Pero, después de cada registro, inmediatamente se colmaban los vacíos, y enseguida aparecían nuevos objetos y todo volvía a ser como antes. Las autoridades lo sabían, y los presos no murmuraban contra los castigos, aunque aquella vida se parecía a la de los habitantes de las laderas del Vesubio.


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