Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Venga, vamos! —le dice, deteniéndose en el umbral, como si efectivamente le hiciera falta para algo—. ¡Tarugo! —añade despectivo, cediendo el paso al afligido Bulkin y volviendo nuevamente a rasguear la balalaika…
Pero ¿cómo describir ese delirio? Por fin se acaba este dÃa agobiante. Los presidiarios, lentamente, se van durmiendo en sus camastros. Hablan en sueños y deliran más aún que las otras noches. En algunos rincones hay todavÃa maidán. La fiesta que llevaban esperando tanto tiempo ya ha pasado. Mañana vuelve a ser un dÃa corriente, hay que volver al trabajo…