Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Entonces, con ese motivo, ¿no tendrÃa usted la bondad de ofrecerme un trago? Es que, mire, Alexánder Petróvich, en todo el dÃa no he bebido más que té —añadió conmovido, tomando el dinero—, y me ha sentado mal tanto té: me han entrado sofocos y se me revuelve en el estómago como en una botella…
Mientras él cogÃa el dinero, la desazón moral de Bulkin parecÃa alcanzar su punto más alto. Gesticulaba como un desesperado, al borde del llanto.
—¡Hombres de Dios! —gritaba, dirigiéndose en su exaltación a todo el barracón—. ¡Fijaos en él! ¡No hace más que mentir! Diga lo que diga, ¡no es más que mentira, mentira y mentira!
—Pero ¿a ti qué más te da? —le gritan los demás reclusos, asombrados de su furia—. ¡No hay quien te entienda!
—¡No consiento que mienta! —grita Bulkin, echando chispas por los ojos y aporreando los camastros con todas sus fuerzas—. ¡No quiero que mienta!
Todo el mundo se rÃe. Varlámov coge el dinero, se despide de mà y, gesticulando, sale a toda prisa del barracón, en busca del tabernero, por descontado. Y es en este instante cuando parece reparar en Bulkin por primera vez.