Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¿Y no ha habido respuesta? —le pregunté con una sonrisa.

—Pues no —respondió él, sonriendo a su vez y acercando cada vez más su nariz a mi cara—. Pero yo, Alexánder Petróvich, tengo una querida aquí…

—¿Usted? ¿Una querida?

—No hace mucho me decía Onúfriev: «La mía tendrá la cara picada de viruelas, será fea, pero mira cuántos vestidos tiene; la tuya, por muy guapa que sea, es una pordiosera que va por ahí cargando con un saco».

—¿Y eso es verdad?

—Pues sí, ¡es una auténtica pordiosera! —respondió y se echó a reír de forma inaudible; en el barracón también soltaron carcajadas. En efecto, todos sabían que Varlámov mantenía relaciones con una pordiosera y que en medio año no le había dado más que diez kopeks.

—Bueno, ¿y qué más? —le pregunté, con ganas de quitármelo de encima de una vez.

Estuvo un momento en silencio, me miró con ternura y dijo suavemente:


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