Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Y a ti qué más te da? —le replicaban los presos entre risas.
—Para su información, Alexánder Petróvich, le diré que yo he sido muy guapo y que las chicas se volvÃan locas por mÃ… —empezó de pronto Varlámov sin venir a cuento.
—¡Mentira! ¡Ya está mintiendo otra vez! —le corta Bulkin con una especie de chillido.
Los reclusos se rÃen a carcajadas.
—Y yo, delante de ellas, venga a presumir, con mi camisa roja y mis bombachos de terciopelo, y me tumbaba a mis anchas, hecho un conde Butylkin[57], o sea, borracho como un sueco. Asà que ¿qué más podÃa pedir?
—¡Mentira! —insiste Bulkin con firmeza.
—En aquella época yo habÃa heredado de mi padre una casa de piedra de dos pisos. Bueno, pues en dos años despaché los dos pisos; sólo me quedó el hueco de la puerta, sin el marco. Qué se le va a hacer, el dinero es como las palomas: tan pronto viene como se va.
—¡Mentira! —sigue insistiendo Bulkin, cada vez con mayor firmeza.
—De manera que recapacité y les mandé desde aquà a mis parientes una carta conmovedora, a ver si con suerte me enviaban algún dinerillo. Porque decÃan que yo me habÃa portado mal con mis padres. ¡Que les habÃa faltado al respeto! Ya va para siete años desde que les escribÃ.