Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¿Qué, Varlámov, cómo le va la vida?

—Bueno, viendo cómo pasan los días. Ya sabe: a quien le gusta celebrar las fiestas, muy temprano se le sube la bebida a la cabeza; así que usted me perdonará… —Varlámov hablaba en un tono algo cantarín.

—¡No para de mentir, otra vez ha vuelto a mentir! —se puso a gritar Bulkin, aporreando los camastros como si estuviera desesperado. Pero el otro parecía haber dado su palabra de no hacerle el menor caso, y la situación resultaba extremadamente cómica, porque Bulkin se había pegado a Varlámov desde por la mañana no con un propósito definido, sino precisamente porque Varlámov «no paraba de mentir», según a él, por alguna razón, le parecía. Le seguía a todas partes, como su sombra, se daba por aludido con todo lo que decía, retorcía las manos y casi llegó a desollarse los puños a fuerza de golpear las paredes y los camastros, y sufría, se notaba claramente que su convicción de que Varlámov «no paraba de mentir» le hacía sufrir. De haber tenido pelos en la cabeza, probablemente se los habría arrancado del disgusto. Era como si hubiera asumido el deber de responder de los actos de Varlámov, como si todos los defectos de Varlámov pesaran sobre su conciencia. Pero lo gracioso del caso era que el otro ni siquiera le miraba.

—¡Miente, miente y miente sin parar! Es que ni una sola palabra suya es cierta —gritaba Bulkin.


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