Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Varlámov, al verme, me dedicó una amplia sonrisa. Yo estaba sentado en el camastro, cerca de la estufa. Él se quedó plantado delante de mí, pareció reflexionar, titubeó y, acercándose con pasos desiguales, dobló con gallardía todo el cuerpo, rasgueó levemente las cuerdas y se arrancó en estilo recitativo, marcando apenas el compás con los pies:
Cara redondita y blanca,
como el ruiseñor me canta,
mi querida;
con su vestido de raso
muy bellamente adornado,
tan bonita.
Aquella canción debió de sacar de quicio a Bulkin, el cual comenzó a hacer aspavientos y, dirigiéndose a todo el mundo, se puso a gritar:
—¡Miente, amigos, no para de mentir! Ni una sola palabra de lo que dice es verdad, ¡no para de mentir!
—¡Por nuestro viejecito Alexánder Petróvich! —exclamó Varlámov, mirándome a los ojos con una sonrisa pícara, y poco le faltó para venir a besarme. Estaba bastante borracho. La expresión «por nuestro viejecito fulano de tal», es decir, «con mis respetos a fulano de tal», la emplea la gente humilde por toda Siberia, aunque vaya dirigida a una persona de veinte años. La palabra «viejecito» tiene un sentido honorable, respetuoso, halagador incluso.